Eso, lo decidirá el destino.

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Como siempre, a estas horas de la tarde, me encontraba, en la parada del metro para volver a mi casa después de una mañana entera en la universidad. Me senté a esperar, eran las ocho y cinco noté algo raro y empecé a observar, estaba el chico de la guitarra componiendo canciones para ganarse algo de dinero, estaba la pintada en la pared con espray de unos gamberros, estaba la máquina expendedora, pero entonces ¿Qué faltaba? ¡Claro!, faltaba el metro, el vagón de metro que hoy estaba tardando más de lo habitual, no podía esperar más, pues a las 8 y media tenía cita con este chico… Juan, eso, Juan no podía llegar tarde a mi primera cita.
Miré el reloj y eran las ocho y veinticinco, ¿qué hago? ¿Me espero? Salí corriendo por las escaleras, tenía que llegar como sea y de pronto ¡pooom! Choque contra un chico joven, era alto, rubio y con ojos azules, se parecía a un príncipe, esos príncipes que salen en los cuentos, que quieras o no enamoran.
-¡Eeeeepa! ¿Dónde va usted señorita con tanta prisa?- Me dijo con aire chulesco, lo que le daba un toque de lo más atractivo.
-No… Es que… Mira… – Pero seré tonta ¿Qué habrá pensado este chico de mí?
-¡Tranquila! Que por ahora no muerdo…
-Nada, que he perdido el metro- Dije soltando una risita de lo más tonta.
-Si quiere puede subirse a este tren… Pero debo advertirle que los que suben no se quieren bajar – Dijo con tono picaresco
– Por cierto me llamo Erik y ¡podríamos volver a vernos! –
¿Dónde si se puede saber? –
Eso, lo decidirá el destino… Bueno, ¿a qué esperas? ¿Te subes al tren?
-Eso, lo decidirá el destino

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